miércoles, 11 de febrero de 2009

De Oscares y ciudades que nunca duermen...

No debo ser bueno en esto de escribir. La mayoría de las veces me termino frustrando en el intento.
Los otros días nomás, mirando una película, se me vinieron a la mente un monton de vivencias, recuerdos, pensamientos y otras cosas -que no son gran cosa- pero no tengo ese talento, de escribir con exactas palabras que hagan interesante alguna experiencia cotidiana.


Pero esta ves me decidí a escribirlo, quedara como quedara, ha pasado mucho tiempo de intentos sin poder escribir nada.

Mirando Smulldog millionaire es que se me vino todo eso que no creo poder contar bien.
La película, más alla de la historia de lo que sea como película en si misma -a mí me parece muy buena, pero eso no viene al caso ahora- es como un viaje a la India de dos horas, pero con algunas ventajitas.
Supongo que la misma sensación habrán tenido aquellos que como yo, tuvieron la suerte (suerte?...pongamos que si...) de estar ahí.
Yo no puedo acordarme de la India si no es a través de un torvellino de imágenes, ruidos, colores, olores y otras cosas. Es de la manera que la recuerdo yo, nada de paz, ni relax. Todo era rápido, todo era bullicio, multitud, gente en movimiento, gritos y bocinas. (Por si hiciera falta, los vehiculos tenían pintado en la parte de atrás "Por favor, toque el claxon").
En toda la India ví un sólo semáforo como plantado en una rotondita en el medio de un cruce de unas 5 o 6 calles, lo cual lo transformaba automáticamente en un objeto ornamemtal de luces de colores que se turnaban en prender y apagar. Pero milagrosa -o lógicamente-, nunca vimos un solo choque.

Tengo marcada una escena de un viaje en ómnibus desde Varanassi a Agra, en el cual atravesamos de todo, desde casamientos hasta funerales, y tipos de todo tipo, algunos hasta adornados con una palafarnaria de metal en la cabeza de por lo menos un metro de alto, que terminaba con una incrustación de una decena de luces. Porque los Indios, si tienen que llevar algo tiene que ser en la cabeza. Y en ese viaje, en que casi me desmayo del calor, después de 15 horas en una lata con 5 ventiladorcitos, me acuerdo ver al costado de la...ruta? camino? una casa de barro y techo de ramas, de metro y medio de altura, rodeada de nada (ni siquiera de gente, cosa rara en la India). Y un poco más adelante, justo al lado de lo que supuse serían unos canteros -porque lo único que había era más tierra amontonada- veo a un tipo arrodillado, con las manos juntas y moviendo la cabeza compulsivamente. Pensé: "sí, reza mucho hermano, rezá mucho porque acá donde plantas una semilla y con suerte te nace una piedra, es casi lo único que te queda", o lo mucho que tenés, depende de como se quiera mirar la cosa.

Me acuerdo del niño que nos paseó en barco por el Ganges, a puro remo -que estaban jodidos- y a puro brazo -que no vale comentar como estaban- por 5 rupias. Y me acuerdo de los griteríos y peleas para llevarte en un Tuc Tuc, de los niños ciegos en un mercado subterráneo de Nueva Delhi, de los tipos sin pierna andando en carritos de ruleman, del Taj Mahal -de las cosas más maravillosas que ví- y los niños pidiéndote para sacarte una fotos con vos, y de otros -chicos y grandes- pidiéndote sacarte una foto sin él, para cobrártela después, más o menos como en todos lados. Pero estos eran Indios.

Tipos que viven por, para y de la religión, o como quieran llamarle, por ella son los que son, y sino no se que serían, o no serían. El que algún día deja de creer en Ganesh o algún otro Dios de las 100 religiones que más o menos hay en la India, le quedan dos caminos: o se va, o se muere de angustia. Mientras eso no pasa, son esos seres excepcionales que todo el mundo cuenta y conoce.

Y me voy acordando de otras cosas, un recuerdo lleva a otro casi con el mismo frenesí con el que se convive estando ahí. Pero no quiero lugar para todos, no vale la pena ahora.

Pero sí me acuerdo de las noches de esas ciudades, porque era cuando mas o menos se podía andar afuera sin ese sol que quemaba, porque el calor seguía estando ahí igual que siempre, igual que la gente. Y eran las 3 de la mañana y el mismo ruido, la misma gente, lo mismo todo.
Descubrí que éstas son las cuidades que nunca duermen, no hay ningún cliché ni ningún slogan pedorro atrás de esta frase, realmente es así. Porque antes y después descubrí que otras ciudades sí dormían, a pesar de la misma frase que te vendían.

Después de un tiempo, me dí cuenta que la experiencia había sido excepcional, de las más increíbles que me habían tocado vivir hasta ese momento, pero que ni loco volvería al menos por un tiempo. Estaba muy bueno conocer y vivir todo eso, pero sólo una ves. El calor, el cansancio, el ruido, los olores, los gritos y tanta energía desbordando por todos lados, me fueron descargando hasta dejarme sin batería.


Por acá, en algunos lados, también tenemos nuestras cositas. Tenemos miseria, tenemos ruido, tenemos desorden, tenemos historias. Capaz tenemos quien lo quiera filmar, no tenemos la plata ni quien la ponga por nosotros, no tenemos película, no tenemos Oscar -en este caso lo menos importante pero sino para que lo puse en el título-.

Y me acuerdo de El Cairo, y de un "taxi-ban no se que cosa" que se tomo un amigo que venía sufriendo de insomnio hacía unos días, para llegar al hotelucho donde estábamos parando, pegado casi a una autopista.
El taxista-chofer-guarda-guía-gurú espiritual, al descubrir que era un turista -cosa que le llevó el tiempo que dura media mirada de reojo- le pegó el grito: "Bienvenido a la ciudad que nunca duerme."
"...ni deja dormir" contestó rápido, cansado y resignado en la montonera Pablito Avelino...