miércoles, 25 de noviembre de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Del vendedor exitoso que tampoco fuí
Ocho años debería de haber tenido en ese momento.En el momento que a casa llega un gitano, como solía suceder en campaña, en una camioneta vendiendo de TODO.
Yo me puse contento ante tal acontecimiento (no de que llegara un gitano, sino de que llegara alguien) mientras mi madre salía a recibirlo.
El tipo revolvió mil artículos desde trapos hasta rulemanes y baterías, para los cuales describió otras mil virtudes para cada uno, mientras mi madre sólo decía no no gracias, sin dejar de limpiararse las manos con un repasador.
Hasta que esa manada de tímidos no, dichos casi con gentileza, fueron cambiados por una pregunta que hizo abrir bien grande los ojos del gitano:
- y alguna olla no tiene?
Como no voy a tener! gritó casi culpándose por el olvido.
Por un rato, los no siguieron igual, hasta que le mostró a mi madre una especie de palangana de latón amarillenta.
- ah, vió, esa si, me podría servir para enjuagar la ropa.
El tipo, que ya venía parado en los pedales, después de esto, no paró más...
Y esta es la mejor mercadería que traigo conmigo eh! es impresioante! usted la usa como quiere! y le sirve para un montón de cosas! si quiere lavar, lava; si quiere enjuagar, enjuaga! Buena para lo que sea, mire! y fuerte?! ni le digo! no se le rompe más! esto si que es fuerte fuerte, mire que material, mire como suena esto! gritaba mientras le pegaba unos golpes con la mano.
Y para abrochar la venta, culminó el acting rematando la palangana contra el suelo, una y dos veces sin dejar de gritar lo fuerte que era (no él, cosa que a mí me parecía, sino la palangana).
Y mamá la compró, y todos contentos. Yo también.
Por eso, cuando veo venir a mi padre a caballo, corro a agarrar la palangana. Ahí nomás espero que se me acerque, y cuando lo tengo a una buena distancia, mi cuerpito se apodera influenciado por el recuerdo fresco del inobjetable desempeño que minutos antes había ofrecido aquél gitano.
-Mirá papá, mirá lo que compró mamá! Es una palangana! Y qué palangana! Es para enjuagar la ropa, pero también se puede lavar! y es re fuerte, recontra fuerte! mirá!
Y como había hecho el buen vendedor, la reventé contra el suelo, sin dejar de vociferar sus extraordinarias cualidades.
Semejante parafernalia le valió al gitano anotarse una venta gloriosa.
A mi me valió que mi padre se bajara del caballo, me puteara de arriba a abajo y me diera una paliza grandiosa.
lunes, 27 de julio de 2009
Ganas no me faltan
jueves, 18 de junio de 2009
La balsa
Que mierda me estara pasando, digo yo, si hace tiempo me duermo pensando solo en una cosa.Que quedo abandonado en una isla, con una parejita linda y feliz.
Que revoloteo lejos de ellos, como para no molestarlos.
Que la parejita decide que se van a quedar en la isla para siempre, que encontraron su lugar y bla bla bla.
Que yo comienzo entonces a hacer una balsa.
Que hace noches me duermo pensando en como armaría esa balsa.
Que la hago como un catamarán, que me la imagino dibujada en planos en la arena de la playa, que la tendría que armar en el agua, que tengo sus dimensiones aproximadas, que le pondría rompeolas, que le colocaría dos troncos enormes a ambos lados, separados de la balsa como para que la equilibren en la tormenta, que se cuantos troncos necesito, que se las plantitas que me llevaría para sobrevivir 40 días, que se con que la ataría, que pensé en los compartimentos que le pondría, que le haría una estructura de pisos con troncos en sentido intercalado, que le puse timón, que le puse vela para ir a sotavento y a barlovento, que se con que hacer esa vela, que se donde queda esa isla, que se como volver, que estudiaría las estrellas varias noches, que me haría una brújula, que le tendría miedo a las tormentas, que mi cama va a estar segura, que tengo hasta puente de mando en mi balsa-catamarán.
Que elijo el día para salir de la isla.
Que sé que antes haría un montón de pruebas, que serían para estar un poquito seguro.
Que voy a salir en mini viajes de exploración, como para tantear la cosa.
Que cuando esté llegando ese día de embarcarme, la parejita me va a pedir volver conmigo, que ya no están tan bien, que ya no están tan seguros, que ya estan aburridos?
Que si en eso estoy pensando, que mierda me estará pasando.
Que me dormí?
martes, 19 de mayo de 2009
porque les sobra o ya no saben que hacer con él
tiempo en blanco en rojo en verde hasta en castaño oscuro no me importa el color cándido
tiempo que yo no puedo abrir y cerrar como una puerta
tiempo para mirar un árbol un farol para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno para morir un poco y nacer enseguida
y para darme cuenta y para darme cuerda preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo tiempo para esconderme en el canto de un gallo
y para reaparecer en un relincho y para estar al día para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso o sea necesito digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.
viernes, 27 de marzo de 2009
Los Paraguayos y la Chilena
Jamás pensé, mientras iba en camino, que esa noche vería a la chilena más hermosa.
Mientras tanto, iba pensaba en cosas importantes, que después de verla, ya no lo fueron tanto. Sólo me quedó de esa noche, el recuerdo y la imagen de ella, como esas mujeres que uno ve y sabe que nunca más volverá a verlas.
Uno no espera, en la mundanez de un simple partido de fútbol 5, encontrarse con cosas así.
Cuando llegamos a la cancha, lo único que vimos fueron hombres, como suele suceder en estas cuestiones de presunto fuero masculino. Y pocos. Unos paraguayos, dos o tres, con sus respectivas camisetas de Olimpia, Cerro Porteño y selección.
Y ahí quedó. Ese era nuestro público, ningunos beneméritos que digamos. Claro, siquiera sospechabamos nosotros, pobres ilusos, que en realidad ellos eran unos privilegiados. Mientras yo corría y sudaba como un nabo, precisamente al lado de ellos fué que la ví, y los tipos, como sucede en estos casos, la festejaban y aplaudían.
Mientras tanto, yo sólo quedé atónito al verla, como si no creyera en lo que mis ojos me decían. Y no fuí el único.
Fue en una salida larga de nuestro arquero. En un pelotazo largo con pretensiones de pase, a la esquina de la línea de fondo del arco contrario. Hubiera sido un pelotazo de tantos tirados a la bartola, a la buena de Dios, si no fuera que por él la vimos.
Porque justo cuando la pelota ya se iba por el córner, por arriba de la cabeza de cualquiera, como no queriendo ella saber nada de nadie, a Pablito Avelino se le ocurre saltar, de espaldas al arco, colocar su cuerpo horizontal a casi dos metros de altura, abanicar sus piernas, y en una deslumbrante y espectacular maniobra, darle a la guinda en el preciso momento como para que ésta se incruste, en un tiro imposible, en el ángulo superior más lejano del arco defendido por el turulato y atónito, otrora gran golero, Marcelo Oronoz.
Esa fue, sigue, y seguramente lo seguirá siendo, la chilena más maravillosa y hermosa que ví en mi vida.
Y los paraguayos, como corresponde en estos casos, la festejaron y aplaudieron.
Mientras tanto, iba pensaba en cosas importantes, que después de verla, ya no lo fueron tanto. Sólo me quedó de esa noche, el recuerdo y la imagen de ella, como esas mujeres que uno ve y sabe que nunca más volverá a verlas.
Uno no espera, en la mundanez de un simple partido de fútbol 5, encontrarse con cosas así.
Cuando llegamos a la cancha, lo único que vimos fueron hombres, como suele suceder en estas cuestiones de presunto fuero masculino. Y pocos. Unos paraguayos, dos o tres, con sus respectivas camisetas de Olimpia, Cerro Porteño y selección.
Y ahí quedó. Ese era nuestro público, ningunos beneméritos que digamos. Claro, siquiera sospechabamos nosotros, pobres ilusos, que en realidad ellos eran unos privilegiados. Mientras yo corría y sudaba como un nabo, precisamente al lado de ellos fué que la ví, y los tipos, como sucede en estos casos, la festejaban y aplaudían.
Mientras tanto, yo sólo quedé atónito al verla, como si no creyera en lo que mis ojos me decían. Y no fuí el único.
Fue en una salida larga de nuestro arquero. En un pelotazo largo con pretensiones de pase, a la esquina de la línea de fondo del arco contrario. Hubiera sido un pelotazo de tantos tirados a la bartola, a la buena de Dios, si no fuera que por él la vimos.
Porque justo cuando la pelota ya se iba por el córner, por arriba de la cabeza de cualquiera, como no queriendo ella saber nada de nadie, a Pablito Avelino se le ocurre saltar, de espaldas al arco, colocar su cuerpo horizontal a casi dos metros de altura, abanicar sus piernas, y en una deslumbrante y espectacular maniobra, darle a la guinda en el preciso momento como para que ésta se incruste, en un tiro imposible, en el ángulo superior más lejano del arco defendido por el turulato y atónito, otrora gran golero, Marcelo Oronoz.
Esa fue, sigue, y seguramente lo seguirá siendo, la chilena más maravillosa y hermosa que ví en mi vida.
Y los paraguayos, como corresponde en estos casos, la festejaron y aplaudieron.
miércoles, 11 de febrero de 2009
De Oscares y ciudades que nunca duermen...
No debo ser bueno en esto de escribir. La mayoría de las veces me termino frustrando en el intento.Los otros días nomás, mirando una película, se me vinieron a la mente un monton de vivencias, recuerdos, pensamientos y otras cosas -que no son gran cosa- pero no tengo ese talento, de escribir con exactas palabras que hagan interesante alguna experiencia cotidiana.
Pero esta ves me decidí a escribirlo, quedara como quedara, ha pasado mucho tiempo de intentos sin poder escribir nada.
Mirando Smulldog millionaire es que se me vino todo eso que no creo poder contar bien.
La película, más alla de la historia de lo que sea como película en si misma -a mí me parece muy buena, pero eso no viene al caso ahora- es como un viaje a la India de dos horas, pero con algunas ventajitas.
Supongo que la misma sensación habrán tenido aquellos que como yo, tuvieron la suerte (suerte?...pongamos que si...) de estar ahí.
Yo no puedo acordarme de la India si no es a través de un torvellino de imágenes, ruidos, colores, olores y otras cosas. Es de la manera que la recuerdo yo, nada de paz, ni relax. Todo era rápido, todo era bullicio, multitud, gente en movimiento, gritos y bocinas. (Por si hiciera falta, los vehiculos tenían pintado en la parte de atrás "Por favor, toque el claxon").
En toda la India ví un sólo semáforo como plantado en una rotondita en el medio de un cruce de unas 5 o 6 calles, lo cual lo transformaba automáticamente en un objeto ornamemtal de luces de colores que se turnaban en prender y apagar. Pero milagrosa -o lógicamente-, nunca vimos un solo choque.
Tengo marcada una escena de un viaje en ómnibus desde Varanassi a Agra, en el cual atravesamos de todo, desde casamientos hasta funerales, y tipos de todo tipo, algunos hasta adornados con una palafarnaria de metal en la cabeza de por lo menos un metro de alto, que terminaba con una incrustación de una decena de luces. Porque los Indios, si tienen que llevar algo tiene que ser en la cabeza. Y en ese viaje, en que casi me desmayo del calor, después de 15 horas en una lata con 5 ventiladorcitos, me acuerdo ver al costado de la...ruta? camino? una casa de barro y techo de ramas, de metro y medio de altura, rodeada de nada (ni siquiera de gente, cosa rara en la India). Y un poco más adelante, justo al lado de lo que supuse serían unos canteros -porque lo único que había era más tierra amontonada- veo a un tipo arrodillado, con las manos juntas y moviendo la cabeza compulsivamente. Pensé: "sí, reza mucho hermano, rezá mucho porque acá donde plantas una semilla y con suerte te nace una piedra, es casi lo único que te queda", o lo mucho que tenés, depende de como se quiera mirar la cosa.
Me acuerdo del niño que nos paseó en barco por el Ganges, a puro remo -que estaban jodidos- y a puro brazo -que no vale comentar como estaban- por 5 rupias. Y me acuerdo de los griteríos y peleas para llevarte en un Tuc Tuc, de los niños ciegos en un mercado subterráneo de Nueva Delhi, de los tipos sin pierna andando en carritos de ruleman, del Taj Mahal -de las cosas más maravillosas que ví- y los niños pidiéndote para sacarte una fotos con vos, y de otros -chicos y grandes- pidiéndote sacarte una foto sin él, para cobrártela después, más o menos como en todos lados. Pero estos eran Indios.
Tipos que viven por, para y de la religión, o como quieran llamarle, por ella son los que son, y sino no se que serían, o no serían. El que algún día deja de creer en Ganesh o algún otro Dios de las 100 religiones que más o menos hay en la India, le quedan dos caminos: o se va, o se muere de angustia. Mientras eso no pasa, son esos seres excepcionales que todo el mundo cuenta y conoce.
Y me voy acordando de otras cosas, un recuerdo lleva a otro casi con el mismo frenesí con el que se convive estando ahí. Pero no quiero lugar para todos, no vale la pena ahora.
Pero sí me acuerdo de las noches de esas ciudades, porque era cuando mas o menos se podía andar afuera sin ese sol que quemaba, porque el calor seguía estando ahí igual que siempre, igual que la gente. Y eran las 3 de la mañana y el mismo ruido, la misma gente, lo mismo todo.
Descubrí que éstas son las cuidades que nunca duermen, no hay ningún cliché ni ningún slogan pedorro atrás de esta frase, realmente es así. Porque antes y después descubrí que otras ciudades sí dormían, a pesar de la misma frase que te vendían.
Después de un tiempo, me dí cuenta que la experiencia había sido excepcional, de las más increíbles que me habían tocado vivir hasta ese momento, pero que ni loco volvería al menos por un tiempo. Estaba muy bueno conocer y vivir todo eso, pero sólo una ves. El calor, el cansancio, el ruido, los olores, los gritos y tanta energía desbordando por todos lados, me fueron descargando hasta dejarme sin batería.
Por acá, en algunos lados, también tenemos nuestras cositas. Tenemos miseria, tenemos ruido, tenemos desorden, tenemos historias. Capaz tenemos quien lo quiera filmar, no tenemos la plata ni quien la ponga por nosotros, no tenemos película, no tenemos Oscar -en este caso lo menos importante pero sino para que lo puse en el título-.
Y me acuerdo de El Cairo, y de un "taxi-ban no se que cosa" que se tomo un amigo que venía sufriendo de insomnio hacía unos días, para llegar al hotelucho donde estábamos parando, pegado casi a una autopista.
El taxista-chofer-guarda-guía-gurú espiritual, al descubrir que era un turista -cosa que le llevó el tiempo que dura media mirada de reojo- le pegó el grito: "Bienvenido a la ciudad que nunca duerme."
"...ni deja dormir" contestó rápido, cansado y resignado en la montonera Pablito Avelino...
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